© Todos los derechos reservados
Danzan al compás el viento y la arena
pintando de luz los viejos faroles
que siguen cual domados girasoles
lágrimas que del alma aflora Helena.
La melancolía invade su pecho
sabe que pronto tendrá que partir
los dioses el destino harán cumplir:
deberá regresar al nupcial lecho.
La dama no quiere dejar la tierra
su pasado; del tiempo ha de amputar
el presente; ha jurado siempre amar
y con frenesí a sus brazos se aferra.
Las perlas de tristeza el suelo tocan
a sus pies nacen claveles de piedra,
tablas de silencio, telones de hiedra
¡gemidos del cielo, la sangre invocan¡
El manto de la noche convulsiona,
Cástor y Pólux vuelven a la tierra:
el mortal, violín que al cuello se aferra,
la ira, arco que mano aprisiona.
El viento la toma por la cintura
y la posa sobre su escenario
Menelao, pide infinito calvario:
que sean sus hermanos la tortura.
La doncella lucha contra la rosa
negra que trémula bebe su sueño:
Cástor, dice a su oído con empeño
que regrese a casa cual digna esposa.
Pólux, convertido en titiritero
acaricia suavemente las cuerdas,
esperando las notas caigan lerdas
a las entrañas del olvido fiero.
Los dioses, sabedores del engaño
piden a la noche mande sus siervos
¡limpien la ofensa luminosos cuervos
a Helena cobijen con blavo paño!
Las luciérnagas salen a pescar
notas vienen y van en la marea
el olvido, con amargura solfea
la melodía que le han de arrancar.
Tornado de luz estruja a Helena
la baña con puñados de sonido:
cuatro cuerdas rompen en alarido,
Pólux arco cruje ante la condena,
las piedras marchitan, la hiedra se abraza,
el silencio se queja amargamente
al ver a la doncella herida, frente
al final, que de vida se disfraza.
Las notas con sus poros se cobijan
se vuelven materia, bronce se funde,
rompe la coraza y en su alma se hunde:
mil saetas los pies al suelo fijan.
Bajo los faroles eternamente
descansa la escultura del amor
pende la historia entre hilos de albor
vive en su pecho la pasión demente.